Crítica: “Un conejo sin orejas”

Publicado: mayo 1, 2009 en Cine, Críticas

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T.Original: “Keinohrhasen”

Año: 2007 (sí, para variar se ha estrenado aquí cuando Dios ha querido)

Dir.: Til Schweiger

Int.: Til Schweiger, Nora Tschirner, Matthias Schweighöfer, Alwara Höfels, Jürgen Vogel, Armin Rohde, Emma Schweiger

Reconozco que con respecto a las comedias románticas padezco una ligera esquizofrenia apreciativa: como cinéfila suelen parecerme un género menor en general (al menos las que se hacen hoy día), pero como chica me gustan bastante, también en general (todo tiene sus excepciones). Vamos, que son mis guilty pleasures particulares. Porque, no lo neguemos, el de la comedia romántica es un territorio netamente femenino, en el que el acompañante masculino de turno (si lo hay) es un mero accesorio que tiene que soportar, más o menos estoicamente, el chaparrón de azúcar.

Todo esto viene a cuento porque “Un conejo sin orejas” es una comedia romántica, sí, pero deja ver en sus formas que está pensada, escrita y construida en su totalidad por un hombre. Auténtica alma pater de la película, Til Schweiger escribe, produce, dirige y protagoniza una película que, a pesar de seguir casi al dedillo las estructuras y cánones del género, no se hace pesada para el acompañante masculino (lo sé por experiencia, estuve estudiando a mi chico mientras la veíamos), que incluso puede llegar a pasárselo bien en más de un momento con las andanzas de su caradura pero simpático protagonista.

La trama es simple: Ludo (Schweiger) es un paparazzi jetas, mujeriego y con una ética profesional inexistente, que, tras montar un pollo en la pedida de mano de un famoso futbolista es condenado a realizar 300 horas de servicio social en una guardería para evitar ir a la cárcel. Quiere la mala fortuna (o no) que la guardería en cuestión sea la dirigida por Anna (Nora Tschirner, espléndida), que de niña fue constantemente humillada por Ludo y sus amiguitas, y que se dedicará desde ese momento a hacerle la vida imposible al periodista. Lo que viene después no es difícil de imaginar.

Puede que sea por su origen europeo (no parecen los alemanes un pueblo muy dado a este tipo de géneros, aunque la película ha sido un éxito en su país), quizá por una fotografía agradecida que no abusa ni de las estridencias típicas de Hollywood, ni del estilo casi rayano en lo semidocumental típico del cine alemán moderno, pero sin duda “Un conejo sin orejas” es una propuesta mucho más elegante y, como digo, menos agresivamente femenina que las películas del género que suelen llegar a nuestros cines.

Otro de los motivos (quizá el principal) por los que la película funciona es sin duda por la innegable química entre la pareja protagonista; su relación de odio-amor mueve toda la historia, y ambos funcionan igual de bien en ambos casos. Además, hay que reconocer que tanto Schweiger como Tschirner manejan el tempo humorístico de una forma espléndida, que ayuda a mantener ese tono humorístico de la película que hace que el acompañante masculino (pobrecito él) no se desespere por salir de la sala a las primeras de cambio. Es ese sentido del humor lo que hace que “Un conejo sin orejas” no se pierda en la ñoñería típica del género (aunque hay momentos, especialmente hacia el final de la historia, en los que lo hace sin rubor), especialmente teniendo en cuenta que, además de en una comedia romántica, estamos en una película con niños, muchos niños (por cierto, cuatro de ellos hijos de Schweiger), lo que puede llevar fácilmente a querer recrearse con las gracietas de los monstruitos, pero que aquí se evita de manera muy natural, y, cuando se hace (como el momento del sobrino de Ludo y los dardos), se hace con gracia y sin explayarse demasiado en ello. Mención aparte merece, en el tema del humor de la película, la aparición del actor Jürgen Vogel, una estrella en su país desde el estreno de “La Ola” y que aquí interpreta una parodia de sí mismo que vale su peso en oro: su presencia, irreconocible, abre la película en una delirante entrevista que le hace Ludo y en la que no puedes parar de reír por lo ridículo que resulta todo, y también por el palo que le están dando a esa sociedad hollywoodiense en la que todo es artificial.

Sin duda, “Un conejo sin orejas” es una mirada diferente a un concepto clásico, cuya vitalidad, frescura y sentido del humor la aleja de los productos prefabricados made in Hollywood que tanto daño han hecho al género, que no ofende a nadie pero sí divierte, lo cual es mucho más de lo que el aficionado al género (o quizás debería decir aficionada) suele encontrar en este tipo de cintas.

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