Critica: “Agora”

Publicado: octubre 19, 2009 en Cine, Críticas

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T.Original: “Ágora”
Año: 2009
Dir.: Alejandro Amenábar
Int.: Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac, Sami Samir, Rupert Evans, Ashraf Barhom, Michael Lonsdale

Señores, es oficial: hemos perdido a Alejandro Amenábar. Orsoncito, el muchacho que puso su pica en el Flandes del cine español sin haber terminado la escuela de cine, aquél que revolucionó el cine patrio y demostró que había más que lo de siempre, es ya un director made in Hollywood. Su última y faraónica obra, “Ágora”, así lo demuestra.

Amenábar es un tipo al que le gustan los retos. Después de parir el mejor thriller español de los últimos 20 años, “Tesis” (linchadme si queréis, es lo que opino), y de hacer la irregular “Abre los ojos”, lo acusaron de repetirse y se pasó al terror con “Los Otros”, película que acusa dos problemas: 1) haberse estrenado muy poco después de “El Sexto Sentido”, lo que la perjudicó enormemente; y 2) Nicole Kidman, actriz enormemente sobrevalorada en mi opinión, e iniciadora de esa absurda tendencia de darle Oscars a actrices muy guapas sólo por salir muy feas. Rizó el rizo pasándose al drama con la excelente (y arriesgada, sobre todo en un país como el nuestro) “Mar Adentro”, donde narró la historia de Ramón Sampedro con una escalofriante sensibilidad. Y ahora… ahora, señores, se nos ha pasado al peplum.

Bueno, vale, “Ágora” no es exactamente un peplum (aunque elementos del género tiene, sin duda). Es más bien un drama histórico sobre los orígenes de la ciencia, el fanatismo religioso, el feminismo y el amor no correspondido, y sobre lo que sucede cuando todos esos elementos se aúnan en una misma historia. Y a fe que Amenábar sabe darles a todos su momento bajo el sol: a la ciencia, representada en ese glorioso what if que envuelve a Hipatia descubriendo la órbita elíptica de la Tierra, 1.200 años antes de que lo hiciera Kepler; al amor imposible, representado en la figura pivotal de Davo, el esclavo enamorado de Hipatia que se verá desgarrado entre seguir junto a ella como simple esclavo, o unirse a la creciente fuerza cristiana que le permitirá ser libre. Davo escogerá esto último, aunque nunca dejará de arrepentirse de su decisión; a pesar de ello, Amenábar no está dispuesto a hacer concesiones: no hay declaración de amor in extremis, no hay momento romántico para Davo e Hipatia; ellos serán siempre seres de mundos diferentes, y nada podrá cambiar eso.

Pero los temas más destacados de “Ágora” son el feminismo y el fanatismo religioso, asuntos que, generalmente, cuajan tan bien como el agua y el aceite. En un mundo como el Egipto romano, la condición de Hipatia de mujer soltera y que enseña es una auténtica rareza; que encima tenga el apoyo de su padre es, directamente, insólito. Sin embargo, ella acepta su condición (aun cuando tiene sus momentos de debilidad, como cuando se lamenta de no haber amado) y la disfruta, pues no siente que su condición femenina tenga nada que ver con la de estudiosa y filósofa; para rematarlo, Hipatia es una agnóstica declarada (magnífico el momento en el que exclama “Creo en la filosofía”) en un mundo en el que hay tantos fanatismos que no creer en nada es un suicidio. Mujer, soltera, agnóstica y filósofa. Hipatia es el chivo expiatorio perfecto.

No es Hipatia una feminista al uso. Ella no lucha por los derechos de las mujeres, sino por SU derecho a hacer con su vida lo que quiera. Es hija de su tiempo (no deja de ver a Davo como un esclavo), pero reclama su libre albedrío para hacer con él lo que le plazca. No es una mártir del feminismo, aunque muera por ser mujer: es una víctima del fanatismo, más allá de su credo. En eso ha estado muy acertado Amenábar: era fácil caer en la idea de la represión femenina; esto va mucho más allá, puesto que es su cercanía al poder, representado en la figura de su amigo, ex alumno y ex enamorado, el prefecto Orestes, lo que atrae sobre ella su desgracia.

He oído por ahí que “Ágora” es una diatriba contra el catolicismo. Falso. “Ágora” es una diatriba contra todos los fanatismos religiosos, sean los que sean. Los serápicos, religión que en teoría profesa Hipatia (sólo porque ha sido educada en ella, pues, como ya se ha dicho, es agnóstica), son los primeros en alzarse en armas contra los cristianos, causando una matanza que hace que les salga el tiro por la culata y provoca la destrucción de la biblioteca de Alejandría (escena que me dolió en el alma); los judíos no son mucho mejores, haciendo uso sin titubeos de la ley del talión; y los cristianos… Bueno, vamos a ver, es cierto que Amenábar carga más las tintas contra los cristianos que contra el resto. Pero, desde mi punto de vista, es algo provocado por el contexto histórico. No hay que olvidar que realmente fue Cirilo, verdadero villano de la película, quien instigó el linchamiento de Hipatia. Y Amenábar se cuida mucho de diferenciar a los verdaderos fanáticos (los monjes parabolanos a los que se une Davo, una especie de brazo armado de la primitiva Iglesia cristiana), de aquellos que utilizan el fanatismo como herramienta para alcanzar el poder (Cirilo). Por cierto, un apunte: los cristianos que aparecen en “Ágora” son más ortodoxos que católicos.

Técnicamente, “Ágora” se beneficia de un diseño de producción apabullante, obra del británico Guy Dyas (diseñador tras los decorados de “El secreto de los hermanos Grimm”, “Elizabeth: La Edad de Oro” e “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”, entre otros, y que desempeña la misma función en “Inception”, lo próximo de Christopher Nolan), y de una maravillosa banda sonora a cargo del oscarizado Dario Marianelli (“Expiación”), siendo la primera vez que Amenábar no firma la partitura de una de sus películas. La fotografía, no obstante, adolece de la ausencia de Javier Aguirresarobe, sustituído aquí por Xavi Giménez, cuya fotografía excesivamente realista y ligeramente quemada desluce el espléndido trabajo de Dyas.

Los actores están excelentes, aunque obviamente Rachel Weisz se lleva la parte del león. La británica está inmensa, componiendo un personaje extremadamente complejo, del que se ha suprimido toda sexualidad y que se nos muestra no como una fría diosa del conocimiento, sino como alguien que acepta y entiende su destino en todos los momentos de su vida. Frente a ella, Max Minghella y Oscar Isaac, dos jóvenes actores a los que hay que seguir la pista (a Isaac le veremos próximamente como Juan Sin Tierra en el “Robin Hood” de Ridley Scott), y cuyas interpretaciones, a pesar de pivotar entorno a Weisz, son tan potentes como para no ser eclipsados por ella.

Es “Ágora” una película fascinante, que no nos intenta dar una lección de historia pero que, al mismo tiempo, despierta nuestro interés por una mujer como Hipatia de Alejandría, personaje al que la Historia quiso olvidar y que ahora, gracias al cine, podrá ser recordado como merece. Luminosa, triste, trágica y a la vez fuerte, poderosa y esperanzadora, es probablemente el mejor trabajo de Amenábar. Decidle adiós con la mano: Hollywood le espera, y dudo que vaya a desaprovechar la oportunidad.

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