El Payaso Triste del Circo

Publicado: mayo 10, 2010 en Uncategorized
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Hoy he tenido la oportunidad de asistir al pase de prensa de “Robin Hood” que Universal ha organizado en Barcelona. De la película no puedo hablar aún, por motivos contractuales con la productora, pero no puedo pasar por alto una situación vivida allí, y que básicamente me ha cabreado a base de bien.

Está claro que Internet ha cambiado la forma de hacer las cosas en muchos campos, y, para bien o para mal, el periodismo en general, y la información cinematográfica en particular -sea ésta noticias, críticas o cualquier otro campo-, es uno de los ámbitos que más ha cambiado con la globalización de la red. Ello en sí no tiene por qué ser malo, sino más bien al contrario: Internet ha resultado no sólo una excelente plataforma de expresión para que todo el mundo pueda dar su opinión acerca del mundillo del cine (o por otra parte, del mundillo que le dé la gana), sino que además ha conseguido abrir puertas a excelentes profesionales del sector que, de otra forma, no hubieran podido dedicarse a aquello que les apasiona y que, por otra parte, hacen tan bien. Personalmente, y aunque no osaría incluirme en la lista de algunas de las personas en las que estoy pensando, debo darle las gracias a Internet por permitirme descargar mis paranoias mentales acerca de un mundo, el del cine, que amo de forma apasionada desde que tengo uso de razón; sin ella, jamás hubiera podido compartir mis opiniones con quienes me leen, sean éstos muchos o pocos, estén o no de acuerdo conmigo.

Todo este rollo viene a cuento por lo que ha pasado esta mañana, mientras esperábamos a que diese comienzo la proyección de “Robin Hood”. Os pongo en situación: en una de las salas de Cinesa Diagonal estábamos los acreditados para asistir a la proyección, siendo muchos de nosotros gente joven, en un gran número de casos provinientes de medios de Internet. Justo en la fila de delante, se me sientan tres venerables caballeros -y sí, es la forma educada que tengo de decir que eran tres carcamales provenientes del pleistoceno, como mínimo-, provenientes de un medio indeterminado de la prensa escrita de nuestro país. Hasta aquí, supongo, todo normal. La parte desagradable de esta historia da comienzo cuando, tras varios minutos de quejas por tener que venir a ver una peli hollywoodiense (supongo que hubiesen estado menos cabreados si sus editores les hubiesen pagado el billete y el hotel para verla en Cannes), y de bromas de mal gusto acerca de que “los críticos profesionales se ponen en los lados de la fila para así poder irse antes de que termine la película” (eso es profesionalidad y lo demás son gilipolleces), la han emprendido a vueltas con el resto de los asistentes -supongo que descartando a algunos de sus amiguetes, tan jurásicos como ellos mismos-.

Comentarios como “no hay tantas publicaciones de cine en este país”, “éstos sólo vienen cuando hay una película que les interesa, que así la ven gratis” o “y encima se traen a sus amiguetes para comentar la jugada”, han colmado el vaso de mi paciencia. Estos señores, que quizá escriban sus reseñas con pluma de ave sobre pergamino -o quién sabe, lo mismo las cincelan en placas de mármol-, no sólo han demostrado un desconocimiento absoluto de las nuevas tecnologías, además de una soberana envidia y rabia hacia quienes, imagino, suponen competencia desleal sólo por no imprimir aquello que escriben; también han demostrado un enorme desprecio hacia quienes, en definitiva, son sus compañeros de profesión, pues todos aquellos que estábamos allí teníamos tanto derecho como ellos a estar sentados en aquella sala. Su inquina contra las nuevas generaciones, que no sólo aprecian en mayor mesura el cine comercial que se hace hoy día -vale, también los hay que no, que pedantes los hay en todas partes-, sino que no les duele prendas hacerlo con toda la libertad del mundo, y que probablemente por ello son más escuchados y apreciados de lo que lo son ellos, es venenosa, aunque pueda comprenderla hasta cierto punto, pues a nadie le gusta que le recuerden que se ha quedado “anticuado”, y no sabemos cómo reaccionaremos nosotros en el futuro. Sin embargo, su nada disimulado odio por aquellos que no trabajan para un medio en papel, y que -¡oh, crimen imperdonable!- han pasado de los amiguismos y enchufes que hay en la prensa cinematográfica de nuestro país (que los hay, y no es que lo diga yo, es que ellos mismos lo reconocen sotto vocce), los coloca a un nivel que sólo se puede tachar, además de chulesco, de despreciable y poco profesional.

Un apunte para terminar mi historia: a pesar de los despotriques contra “estos niñatos que vienen aquí a molestar”, no les han dolido prendas de comportarse como el adolescente más maleducado y grosero que jamás os hayáis podido encontrar en una sala de cine. Cuando ya se estaban apagando las luces de la sala, uno de ellos ha tenido a bien llamar a alguien por teléfono, y estar dándole a la lengua los primeros cuatro o cinco minutos de la película; todo ello, mientras su amigo de al lado ponía al día su muy intensa vida social a través de su iPhone -se ve que para esto sí que entienden de qué va Internet-, y seguía haciendo comentarios de mal gusto y peor profesionalidad con el tercero de turno. Todo muy educado, sí señor.

Sinceramente, lamento no saber los nombres de los tres energúmenos, o, al menos, para qué medio o medios escriben. Porque sería de lo más interesante saberlo, aunque sea para no acercarme jamás a nada que ellos hayan escrito, y recomendar a mis amigos y conocidos, a mis lectores y a todo el que quiera escucharme, que hagan lo mismo que yo. Señores de la prensa “tradicional”, que no me refiero a todos ustedes (afortunadamente también habían por allí maestros de la talla de Jaume Figueras), pero que sepan que personajes como estos tres no hacen ningún favor a la profesión; su bordería, su desprecio, su mala educación y su negativa a ver la realidad nos cabrean en primera instancia, pero luego nos provocan una sensación de hilaridad aderezada con unas gotas de genuina compasión: la misma que produce ver al payaso triste del circo, ése que se niega a ver que sus métodos ya no sirven, que la gente ya no se ríe con él, sino de él. Ustedes tres, señores críticos de esta mañana, son el payaso triste del circo. Lo siento por ustedes.


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comentarios
  1. bishop2 dice:

    de vergüenza…qué gentuza

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